DOMINGO DE RAMOS


Con la celebración del Domingo de Ramos comenzamos solemnemente la Semana Santa, Semana Mayor para los cristianos. Estamos a las puertas del Triduo Pascual en dónde celebraremos el Misterio de los Misterios, la Pascua del Señor, el día más importante del año cristiano y el centro de nuestra fe. Hoy acompañamos al Señor en el gozo y la alegría, pero también en el dolor y la muerte. Cristo es aclamado como Rey entrando triunfal en Jerusalén, entre gritos de júbilo con palmas y ramos de olivo. Pronto, esos mismos cánticos y aclamaciones, se convertirán en gritos llenos de furia contra el Hijo de Dios: ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Son las dos caras de una misma moneda, la del corazón de los hombres. Gracia y pecado, bondad y maldad, se dan la mano en nosotros. San Pablo lo expresaba de manera maravillosa cuando decía: Dejo de hacer el bien que deseo y me encuentro con el mal que aborrezco. A todos nos pasa lo mismo. Amamos a Dios pero también somos débiles, pecadores, inconstantes, tibios, ... Como Pedro también lo confesamos pero al mismo tiempo, cuántas veces lo negamos. lloramos como él pero inmediatamente caemos de nuevo en los mismos pecados. Es una lucha constante, un combate, el combate de la fe. La carrera que nos dice Pablo que debemos correr hasta el final, sin desalentarnos ni desfallecer para alcanzar la corona de gloria que no se marchita. Hoy se proclaman dos evangelios. Por un lado, antes de la procesión de las palmas y de los ramos, el de la entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa, después, durante la celebración de la Eucaristía, el evangelio solemnemente proclamado por tres lectores, de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo. En uno la alegría, en el otro la tristeza, en ambos la grandeza y la mansedumbre del Hijo de Dios, su señorío en todo momento. Cristo da su vida libremente, nadie se la quita, por nosotros. Meditemos durante este tiempo los textos evangélicos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Detengámonos en las actitudes de Cristo, de sus discípulos, del pueblo, de cada uno de los personajes de este drama sagrado. Mirémonos nosotros mismos reflejados en ellos. Contemplemos frente a esas actitudes cobardes, tibias, frívolas, blasfemas, malvadas, indiferentes, cómplices, ..., de aquellos hombres, que son muchas veces también las nuestras, las actitudes de Cristo. Su mansedumbre, su humildad, su silencio, su magnanimidad, su entereza, su fortaleza, su dulzura, su misericordia, su entrega, su fe, ... Pidámosle en nuestra oración que las unas se truequen en las otras. Que nuestros corazones se vayan asemejando más al corazón de Cristo, que nuestras actitudes se asemejen a las suyas. Eso es convertirse al Señor, convertirnos en él. 

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