QUEDAR LÍMPIO


El pecado es para el alma lo que la lepra para el cuerpo. Va matando lentamente el amor de Dios en nosotros y resecando el corazón hasta convertirlo en piedra dura e insensible. No nos damos cuenta, pero el que se acostumbra a vivir en pecado, cometiéndolo y permaneciendo en él, termina por hacerse insensible al mismo y creyendo que lo que es malo deja de serlo, y que él no tiene lo que tiene. Por eso hay muchas personas que dicen que no tienen pecado y que son buenísimas. Lo que pasa es que a fuerza de convivir con el pecado acaban por pensar que vivir así es lo normal y que no es tan malo, que todos hacen lo mismo y que no hay que exagerar. Al final la conciencia se adormece y la vida de fe languidece hasta apagarse, quedando a lo sumo en actos religiosos pero que no tocan el corazón realmente. Estas personas se parecen a los enfermos que niegan su enfermedad porque creen que negando lo evidente, mirando para otro lado, ya por eso van a dejar de estarlo. Piensan que ojos que no ven, corazón que no siente, pero la procesión va por dentro y antes o después, tendrán que afrontar lo inevitable, que están enfermos. Naamán el sirio va a ver al profeta Elíseo para que le cure de su lepra. El ha dado ya un paso importante que es reconocer su enfermedad y la inutilidad de los remedios que conocía y le indicaban en su tierra. Tú y yo tenemos también que reconocernos pecadores y darnos cuenta que el único que puede sanarnos es el Señor. Es el primer paso para la conversión a la que somos llamados en este tiempo de Cuaresma. Pero Naamán, cuando el profeta le indicó que para quedar curado sólo tenía que bañarse siete veces en el Jordán, se sintió ofendido y se enfadó porque pensaba que era algo demasiado sencillo para lo que él se imaginaba que haría el profeta. A veces también nosotros podemos ser tentados pensando que para que me tengo que confesar delante de un hombre, ¿no basta con que yo me confiese con Dios?. Es lo mismo que decía Naamán, pero sustituyendo "hombre" por "Jordán" y "Dios" por "los ríos de Damasco" que él creía más importantes que el río de Israel. Cuántos dicen lo mismo. Si el sacerdote es sólo un hombre ¿no es lo mismo o mucho mejor dirigirme directamente a Dios para que me perdone?. No se dan cuenta que es la soberbia la que habla por ellos. Algunos dirán que la vergüenza, porque decirle mis pecados al sacerdote me da más reparo que decírselos a Dios que por otra parte ya los conoce. Pero es que esa "vergüenza" procede de la soberbia porque nos cuesta reconocer nuestro fracaso, nuestra limitación, nuestra debilidad, nuestro pecado, y mostrarnos ante los demás imperfectos. Esto se llama orgullo y vanidad, en definitiva hijas de la soberbia. Lo que nos pide el Señor, porque fue el mismo Jesús el que les dio a los apóstoles y sus sucesores el poder de perdonar los pecados, es que nos acerquemos al sacramento de la penitencia para ser perdonados. Así de fácil y sencillo, como le pidió a Naamán, por medio del profeta, que se bañase siete veces en el río. Al final Naamán cedió a los ruegos de su criado y se bañó y quedó limpio de su lepra. La humildad venció al final a la soberbia. Esta es la lucha que sucede en nuestros corazones cuando nos resistimos a acercarnos a la confesión. "Si el profeta te hubiera prescrito algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuanto más si lo que te prescribe es simplemente que te bañes para quedar limpio." ¿Quieres quedar tú también limpio de tus pecados? Ve a "bañarte" al río de la gracia que es el sacramento de la reconciliación y quedarás limpio.

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